Historia
Historias de sepultureros y otros relatos de panteones de la Miguel Hidalgo
Transcribimos aquí una breve selección de las conversaciones que hemos sostenido con trabajadores de la Delegación cuya vida laboral y personal de alguna manera se ha visto ligada con la administración y la cotidianidad de los cementerios públicos de la Delegación Miguel Hidalgo.
Iniciamos con el Sr. José Antonio Candelario Juárez, quien tiene más de 15 años trabajando en el Panteón Dolores. Comenzó como vigilante y actualmente es encargado de informática de la administración del cementerio. Con el paso de los años ha elaborado su propio acervo de historias escalofriantes, todas ellas ocurridas en ese cementerio, el más grande de la República Mexicana y de toda América Latina.
EL SOLDADO
—Yo estuve aquí en la vigilancia. Ya tengo bastante tiempo trabajando de día y de noche. Me empecé a enterar de varias leyendas o anécdotas de compañeros de aquí y se me fueron formando ciertos temores a ciertos lugares donde comentaban que sucedían o vieron algunas situaciones… Lo que siempre he comentado al administrador y a varios compañeros era lo que a mí me pasaba aquí con el soldado ése que está sobre la barda —señala con un movimiento de cabeza en dirección hacia donde se ve, a lo lejos, el mausoleo de un hombre ataviado con traje militar y mosquetón. —Ahí a un ladito, hace tiempo, estaban los restos de Venustiano Carranza… Los vigilantes me decían que ese soldado se bajaba y los espantaba… ¡y hasta les llegaba a pegar con su mosquetón! Unas dos o tres veces lo encontramos tirado... El monumento es como de bronce ¡y lo encontramos tirado! —luego añade, con una sonrisa sugerente: —mas dices tú, ¿quién lo tiró si está bien pesado?... eso pues incrementaba más el temor que le teníamos. —En la noche uno empieza a sentir el miedo. Uno va agarrándole respeto y temor al mismo tiempo. Al pasar y ver al soldado en la noche es muy diferente a verlo en el día (¿Por qué no se queda —pregunta con malicia a esta entrevistadora—para que vea lo que le digo?)… A veces me tenía que quedar hasta las 9 ó 10 de la noche para hacer mi reporte en la administración. Para irme a mi casa usaba una moto que teníamos aquí. Pero sólo de pensar que iba a pasar cerca del soldado, desde que estaba guardando mis cosas, me decía: “una de dos: o vaya a voltear, o vaya a hacerme algo de lo que me han comentado”. —Entonces agarraba y arrancaba la moto, la calentaba primero aquí ya con miedo. Ya que sentía que no se me iba a apagar arrancaba y al pasar junto al soldado yo pasaba bastante rápido. Es más iba yo espejeando en la moto y yo sentía como que venía atrás o ya se había bajado y me estaba viendo entonces por eso ni volteaba. Era de ¡vámonos! — Y chasquea los dedos con un movimiento rápido y nervioso. Marco Antonio Baldor, ayudante de la administración se suma a la conversación. Dice: —Una vez estuvo ahí tirado, como a dos o tres metros de su tumba… ¡Estaba boca abajo! Por eso fue más difícil regresarlo a su lugar… Es que —explica, con la naturalidad de quien habla de algo evidente— es que él camina… Por algo es el más famoso aquí en el Panteón Dolores.
EL ANGELITO-DIABLITO
—Cuando entramos como nuevos, de vigilantes, nos contaron muchas leyendas. Por ejemplo hay aquí un ángel medio diabólico que lo ves y sí te impone su cruz y su cara diabólica y todo eso… Pues dicen que él se baja y juega a las canicas y molesta a la vigilancia. Su tumba es de las primeras, tiene más de cien años… Ya nadie viene a visitarla, ¡nomás mírela cómo está! Carlos Rocha Rodríguez, Administrador del Panteón, entra ahora a la conversación. Es el mayor de los tres. Hombre sereno que desde muy joven se ha dedicado al trabajo en el cementerio: —A mí me platicaba vigilancia que un día aquí sentados en la banca, en el jardincito venía un joven gritando: ”Ya no me pegues, ya no me pegues” y me platican que pensaban ellos ‘está mal, ha de venir mariguano o algo así, o tomado’. Ya cuando llegó con ellos se fijaron que era un muchacho que no tomaba, que era conocido de ellos: trabajaba como auxiliar. —Qué te pasa —le preguntaron. —Es que el ángel que está ahí me venía pegando con una vara… Se quitó la camiseta y traía los varazos ahí marcados… Ya nada más vino un día a recoger todas sus cosas y ya no regresó. Ya se fue esta persona ya no volvió a trabajar.
NO ESTABA MUERTO...
—Cuando estuve en el horno crematorio, por allá del 85, 87, veía pasar los armadillos en esta época de lluvia. Ahí los veía pasar, los armadillos, chiquitos, bonitos. Los conejos acá chiquitos. Los mejores eran los tlacuaches: ya que estaban grandecitos, los cazábamos y nos los comíamos. —Saben bien rico —explica Baldor—, más rico que el pollo. —No, y antes, cuando ninguno de nosotros trabajaba todavía aquí, había un anfiteatro en donde se hacían las necropsias. Traían los cuerpos, se quedaban en las planchas… E igual… En la noche llegaban, dejaban los cuerpos y ya. —Me contaron que una vez estaban haciendo su rondín los vigilantes, y yo creo que en ese tiempo era eso que morían mucho por epilepsia, gente que no estaba fallecida… ¡Catalepsia!... Y aquí dejaron a una persona… y a la hora que despierta, en la noche, ahí en la plancha… Se sorprende tanto de estar en el panteón que se echa a correr ¡Vámonos! Los vigilantes, pues también, nomás imagínese: ¡ver que un muerto se levanta, ¿no?! Pero con miedo y todo le comenzaron a gritar, lo comenzaron a seguir. Y el hombre pues corriendo, no les hacía caso, o creo que más lo asustaban, ahí iba, tropezándose, no lo podían parar; se iba pegando. En una de esas, que se tropieza fuerte. Se cayó entre las tumbas. No sé cómo se golpeó que entonces sí ya quedó muerto… —Ya nomás lo recogieron y lo regresaron a la plancha.
EL LLANTO
—Varios vigilantes me platicaron algo que pasó durante mucho tiempo: dicen que allá atrás, en la bodega, una noche estaban tomando un café, como 4 ó 5 vigilantes, y oyeron que detrás de la barda se oía que un niño lloraba… Un recién nacido estaba llorando y dijeron, “ya nos vino alguien a tirar una criatura”. Salieron con sus lámparas y todo a ver dónde estaba el niño, pues todo esto era monte, parte de la barranca, y no se lo fuera a comer un animal. —Fueron hasta el lugar donde habían calculado que se encontraba el niño, pero nada… y el llanto se seguía escuchando, pero un poco más allá… Así que caminaron… ¡y lo mismo!: el llanto no se callaba, pero siempre más allá, como más adentro de la barranca… ¡Vieron que el llanto del niño iba caminando. “¡No, ya espérense —dijo uno— esto ya esto es otra cosa… Quién sabe a dónde nos quiere llevar”… Y se regresaron. —Pero desde entonces cada ratito les lloraba el mismo niño. Nunca supieron qué era… nunca, nunca supieron.
SOMBRAS NADA MÁS
Por un momento guardamos silencio. El Sr. Rocha se quedó mirando al horizonte, entre las tumbas, como escudriñando sus recuerdos; luego inició otro relato, como siguiendo la secuencia lógica del anterior: — Antes de venir a administrar el panteón, yo estaba encargado del horno crematorio. Una vez, en donde estaban los nichos, en los que se guardan las cenizas… eran como las 8 ó 9 de la noche… Estaba lloviendo y había una puerta que da a la glorieta y un muchacho se acercó conmigo. Me dice: —¿Qué hace jefe? —Pues aquí, viendo esto — Y agarré y me metí y el se quedó ahí. —Ya como a los diez minutos, que entra corriendo e iba todo pálido, todo amarillo y le digo: —¿Qué te pasa?... Dice: —Jefe, jefe fíjese que me acaban de espantar, estaba yo viendo hacia el suelo, había lámparas y todo y entonces vi dos sombras que se me acercaron, como dos personas que llegaran por detrás de mí para quererme agarrar desprevenido… Yo les dije: “Ya los vi, ya los vi… Aquí estoy viéndolos”. Y señalé las sombras en el suelo… Pero pues nadie contestó ni nada, ni se rieron ni nada… Y volteé, y vi que no había nada. —Y ¡Pues salió corriendo… imagínese! Se salió corriendo para donde estaban los muchachos, sus compañeros, allá arriba… Y ya también a partir de esa fecha dijo: “ya no voy a venir jefe”, y al día siguiente ya no regresó.
EL CHARRO NEGRO
—Yo estuve en el crematorio en el 85, 86… hasta el 88. Aquí en la administración estaba la oficina del jefe de panteones a nivel del Distrito Federal. El administrador fue quien me contó esto. Me dijo: —¿Sabes qué me platicó Torrijos —Este Torrijos era uno de los vigilantes de aquella época. —No sé si ya te lo haiga platicado. —No, no me ha platicado nada —Le dije. —Pues resulta que aparecía un charro vestido de negro con su sombrero y todo, y estaba parado por ahí cercas… Torrijos lo vio y le dijo “¿qué hace ahí, a dónde va?” El Charro iba caminando… Y como no hizo caso, pues Torrijos agarró la pistola ¡y le aventó de balazos! —El Charro, no se detuvo: siguió caminando. Al llegar a una capilla como que se dio la vuelta y se metió… Se perdió de vista… Y pues ahí va aquél, a ver. Porque pensó que iba herido de las piernas o algo… Pero no, no había nada… nada de nada. —Unos días después pasó que el administrador estaba aquí trabajando… Ya eran como las 2:30 de la mañana. Tenía que entregar un trabajo a la Dirección. Entonces, aprovechando la hora, le dice a Torrijos: —A ver Torrijos… ¡llévame a ver dónde dices lo del charro negro! —Y ya, fueron como a las 2:30… Se estuvieron un buen rato por ahí, pero ¡nada! —No, pus ya vámonos —le dice a Torrijos. —…Ya no hay nada —No jefe… Espérese… Espérese… —Y en ese momento vieron… y ahí enfrente estaba el Charro. —Mire jefe —dice Torrijos y saca su arma. —Y el Administrador le dice —¡No, espérate! ¡Vas a matar a alguien!... —Pero Torrijos ya estaba disparando. —No jefe, no hay nada —Le dijo y siguió disparando. —Y efectivamente, luego se acercaron y no encontraron nada.
LOS AMIGOS SE DESPIDEN
—Muchas veces, como tú comentas — Dirigiéndose a Rocha— uno prefiere no tomar las cosas como algo real… Hace ya bastantes años me pasó una cosa que… ¡Bueno!, que de todas maneras quiero comentar… —Mire, conocí a una persona aquí, yo ya trabajaba aquí ¿verdad?, y entonces un señor vino y me pidió que le hiciera un trabajo. De ahí nos comenzamos a tratar. Le arreglé su fosa, le hice ahí unos arreglos para que la tuviera bien. Venía seguido, y con el tiempo me agarró mucha confianza... Bueno, pues resulta que un día estaba yo acá en la puerta de acceso de vehículos, normal, y me dieron ganas de entrar al sanitario. Entro, y cuando voy saliendo, escuché que este señor había llegado —Obvio que como lo trataba bastante, oí su voz y… bueno me habló… no tanto: oí su voz… ¡bueno: reconocí su voz inmediatamente!: ‘Señor Candelario —dice— ya estoy aquí”… —Ah sí, ahorita lo atiendo —Le dije—, y hasta ahí fue todo. —Me salí y ya no vi al señor, ni a nadie… No era tarde. Me imagino que era entre mediodía y tres de la tarde. Eso fue todo. Ya no vi nada. —En la noche de ese mismo día me habla su hijo para avisarme que había fallecido su papá, que lo estaban velando y que por favor al día siguiente estuviera al pendiente porque venía a hacer el trámite... —Pero le digo que al señor le reconocí totalmente su voz, y aparte él me habló y yo le dije que sí estaba y que en un momento lo atendía… Yo salí y ya no estaba… ¡y no lo volví a ver! —Yo se lo dije a sus hijos, a su esposa… “Se vino a despedir de usted” —dicen— —Pero pues quién sabe… Yo se lo juro, en serio, que él me vino a decir que ya estaba ahí… Eso sí… Pero le digo quién sabe… A lo mejor vino así y... ¡Yo ya no quise investigarle más de qué murió, si murió un día antes, ese día o cómo estuvo! Nada más me dijieron eso y al día siguiente se hizo el servicio. Se sepultó el señor y se acabó. —Lo digo así por lo mismo que no le di más realce a las cosas, pero ahorita comentando, pues sí es cierto porque aparte hay compañeros en la misma circunstancia. Uno de ellos es mi tío, que ya falleció… Igual con el señor Torrijos, que vio varias ocasiones a una señora entrar por la puerta de acceso de vehículos. Llegaba antes de que cerrara el panteón; caminaba por ahí, a lo largo de la barda. A cierta distancia se metía entre las tumbas… Y ya no volvía a salir… ¡Pero entraba!
LA BELLA Y EL NIÑO OLVIDADO
—Lo que le pasó a un compañero que es vigilante… Hay un monumento de bulto, como de unos dos metros, familiar de la Fany Cano… Y un taxista sobre Constituyentes estaba ahí parado, a la altura de la puerta. Todavía no era de noche, pero ya era tarde, y el taxi ya llevaba tiempo ahí. Salió el vigilante a ver qué pasaba. “No pues se metió una señora” —Dijo el del taxi—, Pues por aquí no entró —le dijo el vigilante. —No, sí yo vi que se metió… —Y todo eso… Estuvo esperando el chofer. Entonces le dijo al vigilante que iba a entrar, porque estaba seguro… Cuando vino a ver, dijo: —No, pues es ella… Esa señora… ¡y era el monumento! —Otro caso: también hay un niño chiquito. Esto ha ocurrido ya en varios días de muertos… En la puerta sexta… En esas fechas se le aparece a los vigilantes y les pide de favor que le avisen a su mamá que venga a verlo, da dirección, da todo para que vayan a verlo porque se siente solo y que ya no han venido a verlo… Un niño como de 5 ó 6 años.
PEQUEÑOS RUFIANES
—Por el temor de andar en el panteón cree uno ver u oír… Pero siempre sí se oyen cosas... Luego en mi oficina, en la noche… Me he ido ya a las 10 de la noche de aquí… Estando todo oscuro… Muchas veces siente usted algo que pasa y sale. No sé si sea idea de uno que ya es tarde pero aquí estando en la noche, solo, se siente que algo pasa o se regresa… nada más. —Allá atrasito del horno crematorio, una vez estaban dos vigilantes en el rondín de la noche. Había una banca; ahí estaban sentados mis compañeros. Yo llegué y me puse a platicar frente a ellos. Traía mi lámpara, y estábamos… ellos me hablaban de frente. La luz tenue de mi lámpara los alumbraba y barría hacia atrás, detrás de sus espaldas… De pronto, vi pasar una persona pequeñita… Un animal o no sé; no sé qué es, pero un animal se arrastra o es más chico… O un perro... Pero no… No, no: ¡Era alguien que pasó corriendo, así, atrás de ellos!... Ése era tiempo de Torrijos. Ese señor me dijo que esos son duendes… Que hay un montón aquí… —Pues quién sabe, pero sí… Hay otro vigilante… su carro se quedaba ahí en el horno… ¡Y se lo movían por abajo! Se movía el carro y se salía, se asomaba, ¡y nada! —A Antonio Álvarez… ¿qué le pasó a Antonio Álvarez?.... Llegó al horno crematorio… Pero me imagino también que es todo lo que guarda, todo lo que pasó en el horno…. Cuando no teníamos personal se mandaba en el recorrido a checar esa instalación. Al llegar, se va a asomar y normalmente está oscuro el velatorio. Nomás está la luz hacia fuera. Entonces, si va uno a asomarse, tiende a recargarse para ver, para que no haga como el charolazo de la luz de afuera y no pueda ver nada… Bueno, pues al acercarse… o sea, se acercó, se acercó para ver bien, ¿no? y a la hora de ir pegando casi su cara al cristal le avientan la puerta y le pegan en la cara… ¡Pero no hay nadien! —Puede ser una cosa, puede ser otra, pero sí se la aventaron.
TODAS LAS ÁNIMAS HACEN DE LAS SUYAS
—¡Simplemente la persona que atendí antier!... Su esposo ya falleció, pero la señora me cuenta que una vez, cuando él todavía vivía, ellos venían a visitar la fosa de sus familiares… Y dice que esa vez su esposo estaba parado, estaba tomando las flores y de momento, ella ¡pum! ¡Al suelo!... Se sorprendió. Pensó que alguien había pasado y la había empujado. Se cayó y le dice a su esposo que por qué la aventó y le contesta suesposo, —No, si yo no te aventé —¡Me aventaste, sentí el empujón que me diste! Pro el señor estaba lejos, pues… él no podía haber sido… Y es que casi no les llevaban flores, y por eso la aventaron… Son cosas que les pasa a la misma gente.
EL PANTEÓN SANCTÓRUM NO SE QUEDA ATRÁS
El señor Eduardo Botello tiene muchos años trabajando en la Delegación. Actualmente es funcionario de la Coordinación de Atención Ciudadana, y varios de sus familiares están sepultados en el Sactórum. Con su característico sentido del humor nos relata: —Ese panteón debe tener como dos siglos o tres. Dentro llegué a ver tuzas y ratas y por ahí alguna ardillas y cuervos. Desde luego, las tuzas andaban haciendo sus hoyos y correteando y eso era a veces lo que hacía que se oyeran sonidos extraños, eran los animalitos. —La entrada al panteón estaba sobre la calzada México Tacuba, donde hoy se encuentra la parroquia, y la barda llegaba justamente a todo lo que hoy tiene la parroquia. Ésta no era otra cosa sino una capilla que estaba dentro del mismo panteón y donde se recibían los restos para poder hacer los responsos que se llaman dentro de la iglesia católica, o las misas de cuerpo presente. Había una sección para niños que ahora ya no aparece, justamente entrando a mano izquierda la primera sección era una sección donde únicamente enterraban a los infantes, todo lo demás era ya abierto para cualquier difunto. La parte que hoy está abierta se encontraba cerrada totalmente siempre con una reja y era lo más descuidado del panteón, hoy día, están haciendo unos nichos para las cenizas. A medida que han cambiado las administraciones hemos visto algunas mejoras, por ejemplo, los caminitos donde transita la gente eran totalmente de tierra, ahora ya permiten el acceso más fácil. —El Sanctorum es un panteón que era para la gente más pobre porque en toda esa zona la gente que tenía un poco más de recursos económicos pues enterraban sus difuntos en el panteón español o en alemán; en el americano o en el inglés, que están por ahí cercanos. Los días de muertos se hacía ahí una gran pachanga. Había hasta conjuntos norteños o mariachis que andaban recorriendo las tumbas para amenizar a las familias que iban a hacer su día de campo en las tumbas el día de muertos. En los monumentos, o… ¿cómo se llama? ¡Fosas!, ¡lápidas!... que les servían de mesa… Ahí ponían el mantel y ponían los manjares que iban a degustar, y le entraban fuerte, y luego no faltaba quien sacaba por ahí la del Sauza o la del Cuervo y ¡a darle que es mole de olla! —Hubo un capellán que se ponía en la entrada, pero cuando ésta era sobre la calzada México Tacuba casi con Arista se hacía una ofrenda en donde cada uno de las personas que iba a visitar a sus difuntos colocaba una cosa para la ofrenda; ya sea comida, dulces, fruta o veladoras. Y al día siguiente de muertos se acercaba la gente que estaba viendo por ahí para recibir las cosas que se habían dejado el día anterior, excepto las flores que las ocupaba el sacerdote para arreglar el altar y después al fondo había también un lugar, cuando se sacaban los muertos se exhumaban iban a dejar las cajas y algunos restos y había alguna gente salía de ahí con calaveras y no había nadie que les dijera que no las podía sacar cuando todos sabemos que por ley no está permitido el tráfico de restos humanos. —Después vino el cambio hace unos 20 o 30 años quizá, o más que se cambió la entrada por donde está ahora sobre Ingenieros Militares sí en la pequeña como glorietita que va a dar con el acceso a lo que es el metro Toreo que mucha gente empezó a hacer ahí sus grandes negocios en días de muertos. Porque incluso había gente que dentro del panteón vendía pulque y cerveza el día de muertos y la gente entraba pues aparentemente a llorarle a los difuntos pero había un fiestón adentro. La gente entraba en aquellos tiempos con unas canastotas con comida y adentro se hacían unas fogatas y ahí calentaban el mole y todo lo que fuera y ahí se la pasaban en lugar de veras de pasar un momento sentimental, de oración, de recogimiento por sus difuntos iban a pasársela por la pachanga. Actualmente hay quien lo hace pero ya es menos. —Un tío iba muy seguido a visitar a sus dos hermanos muertos; a él en alguna ocasión, el administrador del panteón le contó la historia de los dos compadres. —En esa área pegada a Río San Joaquín hay una fosa donde dicen que en alguna ocasión, un día de muertos, se pelearon dos compadres por la comadre. El esposo de la comadre cayó dentro de la fuente y murió ahogado ya no se sabe si con el agua o con el alcohol que habían ingerido La fuente no es muy honda pero cuando uno está tomado, pasado de alcohol pues ya no se mueve y dicen por ahí que aparte de todo lo había golpeado, entonces había caído sin sentido y con todo lo etílico que tenía, ahí quedó… El compadre, por su parte, se llevó a la viuda… Si se la llevó, pues allá él.. Y por ahí contaban que, justamente el día de muertos, a partir de las 7 de la noche salía el famoso compadre a tratar de buscar al otro que lo había sumergido en la fuente. Y aclara: —La muerte fue cierta… Que quedó ahogado es cierto, salió en los periódicos de la época. Mi tío por ahí tenía algún recorte. Eso ha de ver sido por allá de 1930 ó 28, antes de que yo naciera. Actualmente la fosa todavía existe, es la que se encuentra exactamente al fondo, y quien guste puede comprobar si realmente aparece el compadre en día de muertos.
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